
La historia del famoso actor español Antonio Banderas, en sus días iniciales en Hollywood, tiene un detalle poco conocido: su primer representante en Estados Unidos fue un cubano que, por entonces, trabajaba llevando cafés en una agencia. El ibérico acababa de aterrizar en Los Ángeles, todavía sin manejar bien el idioma ni el sistema de la industria, cuando ese encuentro —que durante años quedó en el anonimato— terminó siendo la primera puerta real que se le abrió en América.
La anécdota la contó el propio Banderas en una entrevista reciente en LateXperience, y fue recogida por la revista Fotogramas, que la presenta como “una de las historias más curiosas” de su biografía. Y sí, curiosa se queda corto.
Según relató el malagueño, todo ocurrió cuando viajó a Los Ángeles por la nominación al Oscar de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la película de Pedro Almodóvar que, en los años 80, funcionó como un trampolín internacional para el director y su elenco.
En ese primer contacto con la industria estadounidense, Antonio recuerda que lo llevaron a una agencia y que él estaba completamente perdido: “Yo no entendía allí a nadie. Hablaban y yo decía ‘yes’ a todo”, contó. Y ahí apareció el cubano.
“Y un chico cubano que trabajaba llevando cafés a sus jefes fue mi primer representante en América”, dijo Banderas, siempre según la cita recogida por Fotogramas. El actor cuenta que, al salir de la agencia, el joven se le acercó y le soltó una pregunta directa, sin protocolo: “¿Quieres que yo te represente por aquí?”. Banderas respondió que sí… y luego regresó a España.
Hasta aquí, ya la escena parece de película: el actor famoso (todavía no tan famoso) y el muchacho que trabaja “en lo más bajo” del edificio, pero que tiene hambre, calle y, sobre todo, la osadía de decir: «yo puedo ayudarte».
La cosa se puso mejor cuando, tiempo después, ese mismo cubano lo llama con una noticia: “oye, tienes que ir a Londres, porque hay un señor que se llama Arne Glimcher, que quiere hacer una película basada en un libro que ha sido premio Pulitzer. Se llama Los reyes del mambo tocan canciones de amor”, relató Banderas.
El problema era obvio: la película era en inglés. El peninsular, en ese momento, no hacía nada inglés. Él mismo lo dice: “Y yo le digo: ‘Es que yo no hago inglés’”. Pero el cubano ya había movido fichas y, según el actor, le respondió que él le había dicho a Glimcher que Banderas “hablaba un poco”.
Ahí viene la frase que pinta el carácter del malagueño (y la desesperación del momento): “¿Pero cómo tienes los huevos para hacer eso, macho?”, recuerda que le soltó.
Banderas cuenta que se presentó en Londres, vio a Glimcher “súper elegante” en un restaurante y decidió actuar… literalmente. Fingió ser tímido, hablar poco, y siguió con el “yes” automático. De hecho, dice que solo se había aprendido una línea: “I can do that” (puedo hacer eso). Y con eso —y con la actitud— logró que el productor le creyera.
Para entender por qué ese encuentro fue tan decisivo, hay que mirar el contexto. Banderas había comenzado su carrera en España y se hizo visible en el cine gracias a su colaboración con Pedro Almodóvar, con quien trabajó en títulos como Laberinto de pasiones (1982), Matador (1986), La ley del deseo (1987), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) y ¡Átame! (1989), según resume Fotogramas.
Esa ola de atención internacional —impulsada por el estilo de Almodóvar y el ruido de los festivales— hizo que Hollywood empezara a mirar hacia ellos. Y Antonio, con su carisma y su presencia, terminó cruzando el charco.
José Antonio Domínguez Bandera, nacido en Málaga en 1960, se consolidó después como actor internacional con películas como Philadelphia (1993), Entrevista con el vampiro (1994), Desperado (1995) y La máscara del Zorro (1998). Más adelante, también destacó por su trabajo en teatro en Estados Unidos con el musical Nine (por el que fue nominado a un Premio Tony y ganó un Drama Desk), y por Dolor y gloria (2019), que le dio el premio a Mejor Actor en Cannes, el Goya y una nominación al Oscar.
Pero antes de todo eso —antes de los grandes pósteres, las alfombras rojas y el “Antonio” dicho con acento hollywoodense— hubo un cubano sin nombre público que, desde un pasillo de agencia y con un café en la mano, se atrevió a decirle «yo te represento aquí» y su ayuda fue decisiva en el despegue internacional del oriundo de Málaga.
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