
Hay gente que escribe historias. Y hay gente que, sin proponérselo, termina escribiendo la vida de millones. Porque sí: en América Latina uno puede cambiar de trabajo, de país, de pareja… pero hay algo que casi siempre se queda en la memoria colectiva: una telenovela. La música de entrada, la villana con tacones afilados, la protagonista que aguanta lo indecible, el galán que mete la pata una y otra vez… y al final, el “por fin” que te hace suspirar aunque tú jures que no.
En ese universo, hay un nombre que funciona como una especie de fábrica de emociones, según describe Yahoo: Inés Rodena, “la insuperable”, la mujer que ayudó a moldear un tipo de melodrama que existe hasta hoy y que, para colmo, se sigue refritando sin pena. Y lo más loco: lo hizo viniendo de Cuba, con una vida humilde, y llegando a la escritura cuando ya no era precisamente una jovencita.
En América Latina, a diferencia del mundo anglosajón, el entretenimiento televisivo por excelencia sigue siendo la telenovela y México continúa como la mayor productora del género.
Ahí es donde entra Inés Rodena. Según Yahoo, es “prácticamente imposible” que en ese país alguien no haya visto al menos una vez un capítulo de una telenovela escrita por ella… o una adaptación. Porque sus tramas fueron tan fáciles de versionar que, a veces, hasta coincidían en diferentes horarios, en la misma temporada, durante seis décadas.
O sea: tú creías que estabas viendo una nueva historia, y en realidad estabas viendo una historia con ADN Rodena, reciclada, rearmada, maquillada… pero Rodena al fin.
¿Quién fue Inés Rodena? Una habanera que empezó como enfermera
Inés se llamaba en realidad Inés Alicia Rodena Collado. Nació el 20 de abril de 1905 en La Habana Su padre, Juan Rodena, era asturiano; su madre, María Collado y Cabrera, había nacido en Pinar del Río. La familia era humilde.
Y antes de ser guionista, Inés trabajaba como enfermera privada.
Ese dato, que parece pequeño, es una llave. Porque si tú cuidas gente en su casa, escuchas de todo. Confesiones, secretos, resentimientos, amores que no se cuentan en voz alta. Historias reales, con olor a café, a medicina, a madrugada.
Y de ahí —de ese “escuchar”— se puede sacar una vida entera de melodramas.
Yahoo cuenta un momento que parece escena de telenovela, pero es real: en 1950, cuando Inés tenía 45 años y ya era viuda, la contrataron para cuidar en su casa a la madre enferma de quien sería su mentora, amiga y luego contendiente por el título de “reina del melodrama”: Caridad Bravo Adams.
Entre ellas surgió una afinidad. Caridad le enseñó el arte de escribir libretos y a desarrollar la imaginación. Y Rodena, inspirándose en las historias que le contaban las señoras que cuidaba, empezó a urdir tramas.
Dos años después, en 1952, escribió su primera novela para la radio: La Gata. Fue un éxito.
Yahoo es bastante directo al describir su estilo: no hay “gran sofisticación”. Habitualmente, dice, su obra se mueve en dos vertientes.
Una: el planteamiento tipo Cenicienta. La heroína humilde y sumisa que aguanta los golpes de la adversidad, casi siempre encarnada en una o dos mujeres ricas, elegantes… y perversas. Mientras tanto, el héroe romántico comete “una, dos o tres estupideces” que lo separan de la protagonista, hasta que ella lo perdona y llega el final feliz.
La otra: historias de amor y lujo en escenarios cosmopolitas, pasión, amoríos, hijos ilegítimos por todas partes… y el final feliz obligatorio.
Es una fórmula, sí. Pero una fórmula que funcionó como reloj durante décadas.
De Cuba a Venezuela: exilio, radio y televisión
La vida de Inés también fue un mapa de migraciones. La citada fuente explica que, a raíz de la Revolución cubana, Caridad Bravo Adams regresó a México y Rodena —al igual que Félix B. Caignet, autor de El derecho de nacer— emigró a Venezuela.
Allí la recibió el productor Arquímedes Rivero, quien llevó sus novelas a la radio y luego a la televisión.
Y en 1970, gracias a una invitación de Bravo Adams para pasar una temporada en territorio azteca, Inés conoció a Valentín Pimstein. Ese mismo año, Pimstein produjo La Gata en la TV mexicana con María Rivas y Juan Ferrara, y fue un éxito masivo.
A partir de ahí, sus historias siguieron grabándose en México, Venezuela y otros países. Yahoo menciona varias: Raquel, Rina (la primera telenovela en horario nocturno transmitida en México), Viviana (primer gran protagónico de Lucía Méndez), y dos bombas para Verónica Castro: Los ricos también lloran (que le dio la vuelta al mundo) y Rosa salvaje.
Una obras suyas tuvo una adaptación famosísima: El hogar que yo robé terminó alcanzando popularidad internacional como La usurpadora, con Gabriela Spanic y Fernando Colunga.
Cuando uno ve eso, entiende por qué su nombre está en todas partes aunque la gente no lo repita.
Miami, Televisa y un acuerdo que lo cambió todo
En 1975, Inés se radicó en el área de la Pequeña Habana, en Miami. No tenía hijos ni familia directa, y ahí aparece un dato bien de industria: el propietario de Televisa, Emilio Azcárraga, a través de Pimstein, le propuso que su empresa cubriera “absolutamente todos los gastos” de su manutención, casa y comodidades, a cambio de la cesión a perpetuidad de los derechos de todos sus libretos, escritos en más de 25 años.
Rodena aceptó.
Y mientras tanto, ella —pese al éxito— prefería permanecer anónima.
Falleció el 15 de abril de 1985 en Miami, a los 79 años, y fue sepultada en el Cementerio Woodlawn en la calle 8.
Su obra siguió viviendo de la forma más telenovelera posible: reapareciendo una y otra vez con otros nombres, otros rostros, otras épocas… como si nunca se hubiera ido.
Y es gracioso pensarlo así: una enfermera que escuchaba historias en voz baja, en casas ajenas, terminó enseñándole a un continente entero cómo se llora frente al televisor.
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