Militares y escándalo: Cuando la creadora de la serie Toqui acabó presa (aquí detalles)

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Hay personajes de la infancia que uno no olvida del todo, aunque pasen los años, cambien los gustos y aparezcan otros muñecos, otras series, otros códigos. Toqui es uno de ellos. Para muchos cubanos fue una presencia habitual en la televisión, con su pelo rubio, su voz inconfundible y aquellas aventuras que mezclaban historia, fantasía y una forma muy particular de enseñar. Detrás de ese personaje, que todavía hoy despierta recuerdos y también opiniones divididas, está Ana María Salas, una mujer de vida intensa, inquieta y poco común, de esas que parecen haber vivido varias existencias dentro de una sola.

Toqui fue -y sigue siendo- uno de esos personajes que no dejan indiferente a nadie. Para algunos es entrañable, casi sagrado. Para otros, una figura demasiado repetida, demasiado atada a una época, superada ya por producciones más modernas. Pero guste más o guste menos, lo cierto es que dejó huella. Y detrás de esa huella está Ana María.

Según contó ella misma en una entrevista con Cubasí, Toqui nació en Ecuador, no en Cuba. Y surgió, además, en medio de una etapa dura. “Hacer teatro en Ecuador era morirse de hambre”, dijo al recordar aquellos años en que se fue a vivir allá por amor, junto al padre de sus hijos. Él era uno de los médicos ecuatorianos que habían venido a Cuba en los primeros años de la Revolución, y luego regresó a su país por una petición familiar y política: su padre, rector universitario y figura de la resistencia contra la dictadura de entonces, necesitaba apoyo.

Ana María, que ya venía del teatro y no sabía vivir lejos del arte, tuvo que buscar una alternativa más barata, más posible. Así apareció la idea de trabajar con títeres. Y entonces llegó el concurso. Le avisaron que buscaban un personaje para un espectáculo vinculado a la apertura de un gran centro comercial en Quito. Ella pasó la noche entera dibujando una carita inspirada, según dijo, en los niños pobres que veía por las calles. De ahí salió la primera semilla de Toqui.

El nombre también venía cargado de intención: una fusión de términos quechuas con el sentido de “gran jefe guerrero de la lanza de obsidiana”. Pero lo curioso es que aquel niño guerrero no tardó en meterse en un lío enorme. Uno de esos líos que parecen inventados para una película. Cubasí recoge una anécdota tremenda: en una emisión del 28 de diciembre hicieron una broma donde se decía que el dinero del petróleo sería para los pobres y que Velasco Ibarra iba a “salvar” al país y declararse dictador. El problema fue que mucha gente no escuchó el desmentido final. Se armó una confusión nacional, hubo hasta movimientos militares, el ejército rodeó el canal y terminaron presos casi todos los involucrados.

Ella también.

Imagínate la escena. Un personaje infantil, una inocentada, un país crispado y, de pronto, la cárcel. Ana María pasó por eso en un contexto todavía más complicado: los cubanos ni siquiera tenían embajada allí. Y fue entonces cuando entendió algo que le cambió el rumbo al personaje. Si la gente se tomaba en serio lo que decía Toqui, entonces valía la pena hacer que dijera cosas importantes, dijo en la referida conversación.

Ahí empezó otra etapa. La del niño que viajaba en el tiempo con una mariposa, que se colaba en otras épocas y servía como puente para contar historias a los más pequeños. En Cubalite ya habíamos recordado que Toqui apareció por primera vez en la televisión cubana hace más de 40 años. Su estética era muy particular: cabeza rígida, boca móvil, pelo rubio, un aire entre tierno y extraño. La realización para la pantalla corrió por cuenta de los estudios del ICRT, con el Grupo Guiñol Nacional en la manipulación y la propia Ana María a cargo del guion y la dirección.

Muchos todavía recuerdan aquella presentación larguita, de casi dos minutos y medio, con Toqui caminando entre flores, un pozo, un puente… y cantando eso de “Si es que ya soy tu amigo…”. Era una entrada que se te quedaba pegada, para bien o para mal. Después venían los viajes: una taberna de marineros en 1492, discusiones sobre si la Tierra era plana o redonda, aventuras entre mongoles, episodios en tierras de califas, transformaciones insólitas. Todo tenía un aire artesanal, incluso ingenuo, pero también una voluntad clara de enseñar historia desde otro lugar.

Con el tiempo, claro, llegaron las repeticiones. Tantas, que para varias generaciones Toqui pasó de novedad a presencia fija, casi inevitable. Y ahí se partieron las aguas. Hay quienes lo siguen viendo con cariño, como una pieza entrañable de la infancia. Otros sienten que la televisión cubana abusó del personaje y que hoy existen propuestas mucho más ricas para acercar a los niños al pasado. Las dos lecturas conviven. Y quizá eso también dice algo del alcance que tuvo.

Pero Ana María Salas nunca fue solo “la madre de Toqui”. En la entrevista con Cubasí aparece como una mujer de una energía desbordada, de esas que no caben en una sola etiqueta. Tuvo tres hijos más, participó en debates de política y economía en espacios dominados por hombres, trabajó en publicidad, dirigió un restaurante y un hotel, practicó karate hasta alcanzar cinta negra, se sobrepuso a un accidente de tránsito que casi le quita la movilidad, cultiva buena parte de sus alimentos y hasta diseñó los planos de la restauración de su casa en Cienfuegos.

Porque sí, también quiso ser arquitecta. No pudo estudiar esa carrera cuando quería, por decisiones familiares y circunstancias de la época, pero la vocación se le quedó adentro. Y años después salió por otra puerta: reconstruyendo a su gusto esa casa amarilla que hoy parece una extensión de su cabeza inquieta. Según contó a Cubasí, cuando un fenómeno natural destruyó la vivienda, obtuvo permiso para rehacerla y se lanzó a diseñarla ella misma.

Y entonces uno entiende que, más allá del muñeco, de las polémicas, de la nostalgia o del cansancio que pueda provocar en algunos, lo más fascinante de esta historia quizá no sea Toqui. Quizá sea esa mujer que nunca dejó de inventarse caminos.

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