
Pedro Manuel Santos no es de esos nombres que en Cuba se te quedan pegados desde chiquito, como si vinieran con un coro detrás. No. A Pedro —a “Pedrito”, como le dicen— mucha gente lo está descubriendo ahora, casi de golpe, porque aparece en la nómina del equipo Cuba para el Clásico Mundial de marzo… y de pronto todo el mundo se pregunta lo mismo: “¿Y este muchacho de dónde salió?”
Pues salió de Trinidad, Sancti Spíritus. Y salió, también, de una historia que tiene de todo: talento, tropiezos, gente que te salva cuando estás a punto de quedarte fuera… y ese rechazo temprano que a veces te marca más que cualquier lesión.
La entrevista que le dio al diario espirituano Escambray lo cuenta con una sinceridad rara, de la buena, como cuando alguien se quita el filtro y habla como es. Ahí mismo dicen que el VI Clásico trae para Sancti Spíritus una “rara” novedad: Pedro Manuel Santos Vázquez será el único jugador de esa tierra en el evento, gracias a la política que permite la participación de cubanos radicados en el exterior. Y sí, suena “raro”, pero también suena a justicia poética: el muchacho que en su momento no terminó de cuajar en las categorías menores, hoy vuelve con un uniforme que muchos soñaron y pocos se ponen.
Pedro empezó temprano. A los nueve años entró al beisbolito de Trinidad y aprendió del trabajo de entrenadores como Eulogio Izquierdo, Yonelkis Villaspando, Osmani Rodríguez, Reinier Escobar y Yosel González. “Me enamoré de este deporte poquito a poco”, le dijo a Escambray por WhatsApp, después de entrenar en el Rotational Athlete Solution, en Arizona.
Lo curioso es que su primer “salto” al alto rendimiento no fue por la pelota. En 2012 entró a la EIDE Lino Salabarría, pero por fútbol. Lo captó Pablo “Chicho” Zamora y, según cuenta Pedro, ni prueba tuvo que hacer: pateaba con los dos pies y se le daba mejor la zurda. “Fueron momentos muy lindos”, recuerda. Pero la pelota le estaba tirando de la camisa.
Y entonces viene una escena que cualquiera que haya estado becado entiende sin explicación: el niño de 13 años, lejos de su casa, llamando a la madre por las noches. “Me rajé, como se dice en buen cubano”, confiesa. Lloraba, pedía que lo sacaran. Tres meses así, hasta que su mamá se cansó. Y él, mientras tanto, veía a los peloteros entrenar y le daba esa “cosita” por dentro: “yo pudiera estar ahí”.
Regresó a Trinidad. Y volvió a intentarlo. En 2014 regresó a la EIDE, ya con traje de pelotero. Osmani González, técnico espirituano, lo describe en Escambray con ojo de entrenador: buen somatotipo, muy alto, buena velocidad… pero con problemas de control. Y ahí empieza el tramo duro: números discretos en el Sub-15, y después el golpe que duele porque te lo dicen frío, sin poesía: baja de la escuela por insuficiente rendimiento.
Eso, en buen cubano, es casi un “no sirves”. Un rechazo oficial. Y a esa edad, con tanta ilusión, te puede partir.
Pero aquí aparece una figura clave: Roberto “Caña” Ramos Gómez. Uno de los grandes lanzadores del béisbol espirituano. Cuando se enteró de que lo iban a sacar, reaccionó como reaccionan los que saben mirar más allá del box score: “Hay que estar loco y no tener ojo clínico para darle baja a un muchacho de ese tamaño”, se dijo, y lo discutió. En la entrevista con Escambray explica que no lo conocía, pero se fijó en el físico, en el tipo de brazo, en la seriedad, en la dedicación. Habló con Ramón Gardón y lo aceptaron.
Gardón lo recuerda así: “Lanzaba como muy rega’o, no tiraba strikes”. Y empezaron con el trabajo básico, el que no se ve en la TV: pitchear cortico, buscar el control delante, mejorar mecánica. Pedro entrenaba mucho porque quería hacerse pelotero.
Su paso por el Nacional 2017 no fue brillante. No ganó en siete juegos. Pero Pedro lo guarda “en el cofre de las gratitudes”. Porque, como le contó a Escambray, cuando lo iban a sacar, “Caña” y Gardón “metieron la mano” por él. Y le repetían una idea que suena a consuelo, pero también a método: trabaja duro, que eso sale… “¿Cuándo? Solo Dios sabe”.
En 2018 llegó a República Dominicana, como tantos. Y ahí la historia se pone más humana todavía: dos años viviendo con su mamá en una pensión llena de gente, otros peloteros, otras cabezas, otras mañas.
Ese mismo 15 de octubre de 2018 firmó con los Atléticos de Oakland. Siete años en la organización, 150 partidos en ligas menores (126 como relevista). Se adaptó, vivió altas y muchas bajas. En 2021 fue a la Arizona Fall League y fue el único de su equipo de Clase A en ir. Experimentó la cirugía Tommy John en el codo, un momento de esos en que tú te preguntas si el cuerpo te va a dejar seguir.
Se recuperó. Jugó en Puerto Rico con los Gigantes de Carolina en la invernal 2025-2026 y lo cuenta como “¡wow!, fue un show”, agradeciendo entrenadores y hablando de playas que le recordaban a Trinidad. Y mientras tanto, el sueño grande seguía ahí, guardado desde niño: “Con 12 años fui a una preselección del Cuba… Catorce años después voy al Clásico”.
Cuando le confirmaron que estaba en la nómina final, estaba acostado en la cama. Y ahí sí, se le juntó todo. Dice que no paraba de decírselo a su mujer, a su mamá, a su papá, a los amigos, como quien repite una frase para creérsela: “Mi amor, vamos para el Clásico”.
En el equipo Cuba saldrá seguramente como relevista. Está entrenando en Arizona y, además, está como agente libre, consciente de que el Clásico puede abrirle puertas “en cualquier parte del mundo”.
Hasta la fecha, durante su paso de cinco cursos por Ligas Menores, en 159 salidas (247.1 innings) exhibe balance de 11 triunfos, 17 descalabros, promedio de limpias de 4.80, WHIP de 1.722, 316 ponches y 209 bases por bolas.
De acuerdo con el periodista Francys Romero, este derecho estuvo considerado como dueño de una de las mejores curvas del sistema de granjas de los Atléticos y posee una bola rápida que oscila entre 94 y 98 mph.
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