
El 7 de enero de 1970, un vuelo de Iberia que cubría la ruta Madrid-Zaragoza dejó de ser un trayecto rutinario y se convirtió, de golpe, en una escena rarísima, casi de película. Un muchacho de apenas 18 años, estudiante de informática, se levantó en pleno viaje, sacó una pistola de juguete, blandió un cuchillo y gritó: “¡Esto es un secuestro!”. Después exigió algo que, incluso hoy, sigue sonando insólito: “Quiero ir a Cuba”. Así comenzó el que está considerado como el primer secuestro aéreo en España, según recuerda el diario La Vanguardia.
El joven se llamaba Mariano Ventura Rodríguez. La historia, vista desde lejos, parece una mezcla de disparate, desesperación y borrachera mal digerida. Pero en aquel momento nadie se rio. De acuerdo con La Vanguardia y la web Zenda Libros, Mariano se había tomado cuatro whiskies antes de embarcar, y con ese valor prestado por el alcohol se subió al avión con una pistola falsa -comprada poco antes en una juguetería- y un cuchillo de punta roma. La pistola, eso sí, se veía bastante real. Tanto, que logró convencer a tripulación y pasajeros de que estaban ante un secuestrador de verdad.
La escena tuvo algo de teatro improvisado y algo de amenaza muy concreta. El joven utilizó el cuchillo para intimidar a las azafatas y conseguir que lo llevaran hasta la cabina del comandante. Allí lanzó su exigencia: quería que el avión pusiera rumbo a Cuba. El piloto le explicó que aquello era imposible, porque el Convair no tenía autonomía para un viaje así. Entonces Mariano cambió de idea y pidió ir a Albania, donde pretendía pedir asilo político al gobernante Enver Hoxha. Tampoco era viable hacerlo de un tirón. Habría que hacer escalas técnicas, repostar, reorganizar el vuelo. Él aceptó… o más bien creyó que aceptaba el plan.
Hay algo casi absurdo en todo esto, sí, pero también algo muy de época. A finales de los años 60 y principios de los 70, los secuestros aéreos se habían vuelto una especie de epidemia internacional. El periódico El Mundo recuerda que entre 1967 y 1970 se contabilizaron 105 casos, y que al menos 28 de ellos terminaron desviados hacia Cuba. La isla de Fidel Castro se había convertido, para muchos, en un destino simbólico, político, casi mítico. Un lugar de fuga. Un sitio al otro lado del mapa y de la ideología. Mariano, según declaró después, no quería ir a Albania por convicción comunista, sino por huir de lo que llamó una “zona de influencia occidental”. Más que una militancia clara, lo suyo parecía una huida confusa, medio literaria, medio alcohólica, medio juvenil.
Porque sí, también estaba eso: el muchacho no era un delincuente curtido ni un activista con una gran estructura detrás. Era, más bien, un chico solitario, lector, sin novia ni demasiados amigos, que había dicho en su casa que se iba al cine. El Mundo cuenta que sus padres no tenían idea de lo que planeaba y que la decepción fue enorme cuando supieron que había usado dinero destinado a su educación para comprarse un billete de avión. La noche anterior al secuestro había ido a una juguetería y había comprado la pistola. Al día siguiente, pasadas las ocho de la tarde, subió al vuelo 032 de Iberia. Dentro iban 41 pasajeros y cuatro tripulantes.
La azafata María del Mar Ochoa, que además estaba en su primer vuelo, fue una de las primeras en quedar atrapadas en la escena. El Mundo relata que apenas reaccionó cuando Mariano le apuntó con la pistola falsa. Después, ya dentro de la cabina, exigió obediencia al comandante Luis Arias Bernal. El piloto, con bastante sangre fría, empezó a ganar tiempo. Le hizo creer que su plan podía salir, pero que antes había que aterrizar en Zaragoza para repostar y preparar la ruta. Mientras tanto, en tierra, ya se organizaba el operativo para detenerlo.
Cuando el avión tomó tierra en Zaragoza, todo estaba listo. Según Zenda Libros, los guardias civiles desinflaron las ruedas de la aeronave y desconectaron el aire acondicionado. El Mundo añade que también se apagaron las luces de la pista y que el aparato fue rodeado por ambulancias, patrullas y camiones. Desde fuera, las autoridades todavía pensaban que podía haber más de un secuestrador. Desde dentro, Mariano seguía intentando sostener su papel. Incluso llegó a decirles a los pasajeros, según recoge El Mundo, que iban a conocer Marsella, Roma y Tirana, y que tendrían que agradecerle el haber podido estar en “esas bonitas ciudades”. La frase, dicha hoy, parece salida de una comedia negra. En aquel momento, claro, nadie estaba para reírse.
Las horas pasaron y la tensión fue subiendo. El avión no despegaba. El aire empezó a faltar. Algunos pasajeros dijeron que se estaban ahogando. Mariano amenazó con iniciar una matanza si no salían en quince minutos. Pero poco a poco la situación se le fue deshaciendo entre las manos. El sistema eléctrico dejó de funcionar, las baterías se agotaron y el vuelo quedó, literalmente, a oscuras. Fundido a negro, como escribe El Mundo. Afuera, desde los altavoces, le advirtieron que si se entregaba quizás la condena sería de un par de años, pero que si le ocurría algo a algún pasajero o tripulante, el desenlace sería mucho peor. Al final, ya de madrugada, se rindió. Y rompió a llorar.
La imagen que quedó entonces fue la de un muchacho desbordado por su propio disparate. “Si es solo un chaval”, comentaron algunos al verlo detenido, según recuerda El Mundo. Llevaba gabardina, cierto aire de personaje de cine policial, pero en el fondo era eso: un joven que había montado una locura enorme con una pistola de juguete, un cuchillo romo y una idea mal armada para escaparse del entorno que conocía. Después vendría el juicio. Un Consejo de Guerra lo condenó a seis años y un día de prisión, aunque finalmente cumplió tres. También tuvo que indemnizar a Iberia con 17 147 pesetas -otras versiones hablan de 17 177 o redondean en 17 mil-, una cifra casi simbólica si se compara con el golpe real que sufrió la compañía: según La Vanguardia, el aumento en las primas del seguro le costó 200 millones de pesetas.
Con el tiempo, Mariano salió de la cárcel, rehízo su vida, formó una familia y se volvió un hombre reservado, casi escondido. El Mundo lo fue a buscar medio siglo después y encontró a una persona que no quería hablar, que negaba ser quien era, que solo pedía una cosa: que lo dejaran en paz. Sus hijos, incluso, crecieron sin conocer de primera mano aquella historia. Uno de ellos le dijo al periódico que ni siquiera su padre se la contó directamente. Como si aquel episodio hubiera sido una puerta cerrada con llave. Como si el muchacho que quiso secuestrar un avión para ir a Cuba hubiera quedado enterrado en otra vida, en otro nombre, en otro enero.
Pero no desapareció del todo. Su historia sigue ahí, rara, torpe, inquietante, suspendida entre el absurdo y el miedo. Un estudiante de 18 años, cuatro whiskies, una pistola de juguete, un cuchillo sin filo, un avión de Iberia y una frase imposible lanzada en el aire: “Quiero ir a Cuba”.
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