
Anoche, en el horario estelar de Cubavisión, arrancó Entre aguas. Y sí, como pasa siempre con una telenovela nueva, en muchas casas se armó el ritual: el televisor subido, la gente opinando desde el primer minuto (“esa muchacha no me convence”, “ese tipo trae algo”, “mira cómo se miran…”). Pero entre todo ese ruido sabroso de estreno, hay un detalle que vale la pena mirar con calma: uno de los guionistas de la historia es el actor José Ignacio León.
En Cuba eso no es lo más común del mundo. Lo habitual es que el actor llegue, reciba su libreto, lo defienda con uñas y dientes… y ya. Que además se siente a escribir capítulos de una telenovela —con su ritmo, sus giros, sus subtramas, sus 80 entregas— es otra liga. Por eso lo de José Ignacio llama la atención: no es un “capricho” ni una casualidad, es un camino que él viene construyendo desde hace rato.
Según contó en una entrevista publicada por el Portal de la TV Cubana, su relación con la escritura dramática nació, curiosamente, desde el escenario. Y ahí está la primera pista. Cuando uno dirige teatro y actúa noche tras noche, empieza a oler el texto. A sentir cuándo un diálogo camina y cuándo se traba. A intuir qué personaje tiene sangre… y cuál está hecho de cartón.
El salto a la televisión, sin embargo, no fue automático. Él mismo lo dice sin poses: “El audiovisual se escribe de manera muy diferente a como se construye el texto teatral. Pasé un breve curso de guion y me motivé a crear el argumento de la serie MOid, de 15 capítulos”. O sea: estudió, probó, se lanzó. Y después vino el trabajo de verdad, el de sentarse a armar una historia con estructura, con ritmo, con esas “piezas” que tienen que caer en su sitio para que el público no se vaya.
En ese proceso aparece un nombre clave: el guionista Yoel Monzón. José Ignacio cuenta que entró en contacto con él y empezaron a construir escaletas con asesoría de un equipo: “Entré en contacto con Yoel y empezamos a armar las escaletas de los capítulos de la serie, con asesoría del equipo que nos asistió”. Y, en medio de esa dinámica, llegó la invitación grande: “Yoel me convoca a unirme a la telenovela Entre aguas. Para mí fue un ejercicio vital, porque había que dar vida a una historia de 80 capítulos”.
Ochenta capítulos. Dicho así suena como un número frío, pero cualquiera que haya trabajado en televisión sabe lo que significa: entregar, revisar, ajustar, volver a entregar… y hacerlo sin perder el hilo, sin que los personajes se te desdibujen, sin que el conflicto se te muera en el camino. José Ignacio lo describe con una mezcla de cansancio y entusiasmo: “Escribir una telenovela es una experiencia intensa. Hay un ritmo mensual de entrega de capítulos, tienes que trabajar muy rápido y esas exigencias me han dado mucha práctica a la hora de concebir personajes, situaciones, desarrollar la trama y las subtramas”.
Y aquí viene lo más interesante: su mirada de actor metida en la escritura. Cuando le preguntan cuánto influye esa experiencia, él no duda: “Esa experiencia es vital porque le presto mucha atención a la construcción de los diálogos, es una segunda naturaleza en mí. Al revisar un texto siempre busco la forma más fluida y coloquial de decir”. Ese “fluido y coloquial” es oro en una telenovela. Porque el público perdona muchas cosas, pero no perdona el diálogo tieso, ese que suena a frase aprendida en un manual.
Además, la telenovela no fue un guion escrito en piedra. Él lo cuenta como quien ha visto la historia moverse: “En Entre aguas la construcción del argumento fue un proceso vivo. Algunas de las situaciones que estaban previstas de una manera, en el transcurso de la escritura cambiaron y fueron en otra dirección”. Eso pasa. Y pasa más de lo que uno cree: un personaje crece, otro se apaga, una escena que en papel era “perfecta” en locación se siente falsa. Ahí es donde se nota quién entiende el oficio.
José Ignacio, de hecho, asumió el doble rol: coguionista y actor, en una telenovela dirigida por Felo Ruíz y con codirección de Vicky Suárez. Y su postura frente al texto es bien terrenal: “Creo que cuando uno escribe no se puede enamorar de manera ciega del guion. Una vez que el texto entra en producción comienza otra dinámica”. Como actor, dice que revisa lo que va a decir para “hacerlo orgánico y meterlo en sangre”, y que en locación le gusta “colegiar las escenas antes de grabarlas” para descubrir si algo sobra o puede resolverse con gesto y acción.
En pantalla, él interpreta a Miguel, un personaje que —según sus propias palabras— “es controversial, ama a su manera. Tiene un pasado bastante complicado”. Y aunque aparece en pocos capítulos, advierte que es “una caracterización complicada, que demandó convertirme en una persona diferente”. De esos personajes que no te dejan cómodo, vaya.
Más allá de Entre aguas, José Ignacio ya tiene otros planes en marcha. Está listo para entrar en producción la serie MOid, creada por él y escrita “a cuatro manos” con Yoel Monzón. Y además se estrenará en la dirección televisiva junto a Omar Alí. Sobre esa serie, deja una idea que suena a brújula personal: “Una de las premisas importantes de la serie es la fe… la fe en creer en uno mismo, en el amor, en el mejoramiento humano y creer en el otro”.
Mientras tanto, Entre aguas llega con una intención clara. José Ignacio lo resume así: “Queremos resaltar valores de justicia y ética, defender la vocación profesional y contrarrestar la discriminación por preferencia sexual, racial o geográfica. Invitamos a los televidentes a validar el triunfo del amor y la verdadera justicia”. Y ahora que ya empezó a rodar en la sala de cada casa, queda lo mejor: ver cómo esa historia —escrita también desde la piel de un actor— se defiende sola, capítulo a capítulo, en esa conversación diaria que es la telenovela en Cuba.
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