«Ojo de Agua»: una novela con ambición, pero también con demasiadas grietas

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Escena de la telenovela Ojo de agua. Foto tomada de OnCuba News.

A veces una telenovela aparece y uno siente enseguida que no viene a repetir exactamente lo de siempre. Ojo de Agua daba un poco esa impresión. Desde el principio se notaba que quería tocar temas distintos, mirar hacia otro lado y salirse de ciertas fórmulas ya muy gastadas. Pero esa búsqueda, que en teoría jugaba a su favor, ha dejado al descubierto varias debilidades que pesan más de lo deseable.

Lo primero que habría que reconocerle, sin mezquindad, es que sí intenta salirse del molde. Y eso, en nuestro panorama televisivo, ya llama la atención. No estamos ante otra historia armada a base de amores eternamente estirados ni de conflictos que parecen reciclados de diez novelas anteriores. Aquí hay una voluntad clara de mirar hacia el campo cubano, de poner sobre la mesa la vida rural, la relación con la tierra, el agua, la supervivencia, las tensiones con el entorno. Sobre el papel, eso prometía bastante. Y en algunos momentos, la novela consigue respirar algo diferente, menos rutinario, menos de cartón.

Ahora bien, una cosa es querer contar algo distinto y otra, muy distinta, lograrlo con fuerza dramática, coherencia y credibilidad. Ahí es donde Ojo de Agua empieza a flaquear. Porque cuando una obra decide meterse con temas delicados -la vulnerabilidad de ciertas zonas, la vida en comunidades rurales, el peso de las instituciones-, no puede darse el lujo de resolver mucho con vaguedades o con atajos demasiado visibles. Si vas a tocar asuntos complejos, tienes que sostenerlos bien. No basta con mencionarlos, ni con ponerlos a circular en los diálogos como quien marca una lista de asuntos importantes.

Y el público, claro, se da cuenta. Siempre se da cuenta. No hace falta ser crítico de televisión ni especialista en guion para notar cuándo una escena fluye y cuándo está forzada, cuándo un personaje habla como persona y cuándo parece estar recitando una idea que alguien quiso meter a toda costa. En la actual telenovela eso pasa más de una vez. Hay momentos en que quiere ser social, científica, humana y melodramática al mismo tiempo… y termina quedándose a medio camino en casi todo. Como si quisiera abarcar demasiado sin terminar de apretar nada.

Eso no significa, tampoco, que no tenga cosas rescatables. Las tiene. Y sería injusto negarlo. Por ejemplo, se agradece el intento de construir una protagonista que no responda al molde más gastado de la mujer que solo espera, sufre y aguanta. Aquí hay, al menos, una intención de darle más decisión, más conflicto interno, más margen de acción. Y eso siempre suma. Cuando la televisión cubana se atreve a sacar a sus personajes femeninos del casillero de siempre, gana la historia y gana también el espectador, que ya está bastante cansado de ver las mismas fórmulas con distinto peinado.

La ambientación rural también juega a favor. No porque el campo cubano sea automáticamente pintoresco o “bonito” para la cámara, sino porque ahí hay otro tipo de conflictos, otra temperatura humana. El campo tiene dureza, inventiva, memoria, silencios, pobreza, resistencia. Tiene una textura propia. Y cuando una novela logra acercarse a ese mundo con algo de honestidad, el resultado puede ser mucho más rico que cualquier escenario urbano genérico. En sus mejores momentos, Ojo de Agua consigue justamente eso: que el entorno no sea un simple decorado, sino parte viva del conflicto.

Pero una novela no se sostiene solo con una buena idea de base ni con paisajes que funcionen. Hace falta una escritura más firme, una dirección que no se disperse y una claridad de tono que aquí, por momentos, se pierde. A ratos la historia parece querer ser una reflexión seria sobre la Cuba contemporánea; en otros, una historia de redención personal; en otros más, una especie de inventario de problemas sociales puestos uno detrás del otro. Y ese vaivén se siente. Hay ideas interesantes, sí, pero no siempre reciben el tratamiento que necesitan para cuajar de verdad.

Las redes, como era de esperar, ya hicieron lo suyo. Y lo hicieron sin anestesia, claro. En Facebook, en comentarios sueltos, en conversaciones de gente que sigue la novela, se repite una mezcla bastante conocida: por un lado, quienes agradecen que al menos se intente algo diferente; por otro, quienes recuerdan -con razón- que el esfuerzo no sustituye al resultado. Porque una obra no se salva solo por tener buenas intenciones. Se defiende por lo que logra en pantalla. Y si en varios momentos la trama parece avanzar con muletas, eso también hay que decirlo.

De todos modos, esa división no es necesariamente mala. Al contrario. Que Ojo de Agua genere discusión ya significa algo. Las obras realmente irrelevantes no provocan nada: ni entusiasmo, ni molestia, ni debate. Pasan y se olvidan. Esta, en cambio, ha conseguido que la gente hable, discuta, compare, cuestione, aunque no tanto como lo lograron telenovelas precedentes. Y eso, incluso con todos sus tropiezos, tiene valor. Porque obliga a pensar qué novelas queremos ver, cuánto estamos dispuestos a exigirles y hasta qué punto seguimos perdonando errores serios solo porque el tema “es importante”.

Vista con un poco de distancia, Ojo de Agua deja una sensación rara, medio partida. Tiene una base aprovechable, una intención clara de diferenciarse y algunos aciertos temáticos y visuales. Pero también arrastra defectos que pesan demasiado: irregularidad narrativa, diálogos que a veces suenan más explicativos que vivos, problemas de credibilidad y cierta tendencia a confiar demasiado en el discurso y no tanto en la construcción dramática. Y en ficción los detalles importan más de lo que parece. A veces ahí mismo se decide si una historia respira… o se queda en el intento.

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